40 años de China como "global player"

China se ha posicionado como un global player a comienzos del siglo XXI, fruto del camino impulsado por el proceso de reforma y apertura iniciado en diciembre de 1978 con Deng Xiaoping.

En retrospectiva, el trayecto durante estas cuatro décadas, se ha constituido en un hecho de especial relevancia para la historia contemporánea, debido a que la transformación económica y social de China, no tiene precedentes a esa escala y a ese ritmo a nivel internacional.

Para explicar su transición hay dos argumentos claves, por una parte las condiciones propicias al comienzo de las reformas, como su estabilidad macroeconómica, el empuje económico de los chinos de ultramar y el intercambio comercial con economías fuertes de Asia. Y por otra, el carácter experimental y gradualista de las reformas económicas de China, lo que permitió moderar los desequilibrios propios de cambios extremos.

La estrategia definida como “cruzar el río sintiendo las piedras”, implicó liberalizar de manera escalonada los precios, evitar privatizar masivamente las empresas estatales, reducir progresivamente las restricciones a las importaciones, depreciar gradualmente el yuan y abrir lentamente la economía a la inversión extranjera.

De esta manera, las reformas introducidas fueron generando paulatinamente resultados exitosos.

La política de puertas abiertas fue la primera reforma en avanzar más allá que cualquier otra propuesta anterior a 1978. Se crearon las primeras cuatro Zonas Económicas Especiales (ZEE) en la región sureste del país, tres en Guangdong (Shenzhen, Zhuhai y Shantao) y una en Xiamen (Fujian), donde la propiedad, el sistema de impuestos, las inversiones y la política de salarios preferentes, crearon enclaves atractivos para las inversiones, siendo motores principales del desarrollo económico.

Los logros de la industria orientada a la exportación, tuvo poderosos efectos demostrativos en el sector interno y finalmente canalizó en 1984 con una política definitiva de crecimiento focalizado a la exportación y una progresiva apertura al mundo, para orientar las inversiones y el comercio exterior, siendo el primero de varios círculos virtuosos en el proceso de reforma en China.

De hecho, en 1980 el sector agrícola representaba casi un tercio del PIB de China, esa proporción bajó a un 15% a comienzos del nuevo siglo y aumentó el sector industrial de bienes de consumo, en detrimento de la industria pesada que predominaba anteriormente.

En la década de los noventa, China profundizó el proceso de apertura hacia el exterior, y las exportaciones de manufacturas aumentaron un 85% posterior a su ingreso a la Organización Mundial de Comercio (OMC) el 2001. De esta manera en la economía global se fueron produciendo significativas transformaciones con el ascenso de China, simbolizada en su acceso a la OMC, lo que marcó un hito en el comercio a escala mundial y fue sinónimo del gran paso de las reformas liberales en materia económica, puestas en marcha por las autoridades chinas.

A comienzos de este siglo, China impulso la estrategia del “go out”, que implicó romper sus barreras tradicionales con respecto a la política económica externa, dado que reafirmó su posicionamiento en el sistema económico internacional, colocando sus propios capitales en el exterior.

A su vez, la inversión extranjera directa comenzó a jugar un papel preponderante en el crecimiento de China, y a mediados de la década de los noventa, recibió un tercio de la inversión extranjera mundial, posicionándose como segundo receptor mundial de esa inversión tras Estados Unidos.

En definitiva, es la economía que ha tenido el crecimiento más rápido desde fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, ubicándose entre las cinco principales economías del mundo.

También ha contribuido de manera creciente a la expansión de la economía mundial, siendo uno de los contribuyentes más importantes al crecimiento del PIB global. (FMI, 2018).

Para China, una etapa más reciente de las reformas comenzó el 2010, con la meta de cambiar su modelo productivo, para que el motor de la economía sea el consumo interno y no las exportaciones.

También se propuso transformar su perfil exportador, con una estrategia industrial vinculada a una mayor integración en cadenas productivas lideradas por la industria de tecnologías de la información y productos con mayor valor agregado. 

Pero el avance en el desarrollo de China, también plantea desafíos relevantes de futuro, por ejemplo superar las acentuadas desigualdades regionales, encontrar un mayor equilibrio entre crecimiento económico y cuidado del medio ambiente, y transitar a la sociedad del conocimiento para pasar del “made in China” al “invented in China”.

Sin embargo al 2018 ya no se puede denominar a China como “potencia emergente”, dado que ha emergido, no solo respaldada por sus destacados índices de crecimiento, también porque se ha propuesto invertir fuertemente en investigación y desarrollo, haciendo un esfuerzo por dar un salto cualitativo en tecnología, educación e innovación para competir con las potencias tradicionales en el siglo XXI.

Finalmente en base al proceso de reforma y apertura, China no solamente ascendió como potencia económica; también se posicionó en el sistema internacional como un actor fundamental y reforzó sus relaciones con regiones más lejanas a su entorno inmediato, como América Latina y el Caribe de manera multidimensional.

A 40 años del proceso de reforma y apertura, la región puede ser parte del macro-plan de la Franja y la Ruta, adhiriéndose a uno de los proyectos más gravitantes de este global player.

 

Pamela Aróstica es directora de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM). www.chinayamericalatina.com

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