Agricultura ancestral en América Latina y la experiencia de China

Desde el inicio de la revolución verde a comienzos de los años sesenta, una parte considerable del enfoque integracionista latinoamericano a nivel social y económico ha sido el cubrir las necesidades básicas de sus pobladores más vulnerables que se encuentran predominantemente ubicadas en áreas rurales alejadas de las grandes ciudades.

En varios países de América Latina, China ha invertido en proyectos, otorgando financiamiento y tomando decisiones en términos del impacto para transformar escenarios críticos en escenarios productivos y/o extractivos.

Esto contribuye con el enfoque de desarrollo basado en la comercialización de materias primas y la omisión de alternativas sostenibles que consideran, por ejemplo, nuestros sistemas heredados aún no completamente reconocidos.

Una de las alternativas más importantes y que concurre holísticamente a mejorar la calidad de vida de muchos pobladores y sus comunidades son las actividades agrícolas ancestrales, que no solo consideran componentes técnicos hereditarios, sino que evolucionan junto con el ambiente cultural.

En el contexto peruano, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) declaró que la agricultura andina es un representante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM).

Además de Perú, dentro de América Latina, podemos destacar el sistema de Agricultura de Chiloé (Chile), como ejemplo no solo de eficiencia en términos de productividad sino también por las consideraciones medioambientales que adopta para realizar sus actividades.

Desafortunadamente, además de no ser respaldados apropiadamente, estos sistemas agrícolas no son ajenos al impacto que generamos sobre nuestro planeta y se encuentran por ende también amenazados por otros factores, incluyendo el cambio climático y la presión creciente sobre los recursos naturales a nivel local y global.

De acuerdo con las estimaciones de la FAO y del Grupo Consultivo sobre Investigación Agrícola Internacional (CGIAR), entre otros, se requiere aumentar en un 60% la producción agrícola para lograr la seguridad alimentaria en 2050.

Esto, por supuesto genera un alto grado de competencia por los espacios y recursos naturales que sin un manejo sostenible pueden llevar a los desequilibrios incontrolables que ya están ocurriendo en varios lugares del planeta, y particularmente en regiones de América Latina donde China invierte.

La idea de que para mantener o “mejorar” la producción, se necesite que las actividades agrícolas extiendan su alcance territorial y/o aumenten la intensidad de sus actividades no debería ser predominante en un mundo con recursos limitados y aún con ineficientes manejos de alimentos no consumidos.

De igual manera, no olvidemos que existe un considerable número de transacciones y operaciones comerciales agrícolas internacionales.

Según la Organización Mundial del Comercio (OMC), el comercio de productos agrícolas se incrementó de un 2,3% en 2015 y un 1,8% en el año 2016. Esto a pesar de dar respuesta a la demanda global, aumenta la emisión de gases de efecto invernadero en el medio ambiente. Entonces, para mejorar la condición global de seguridad alimentaria, nos falta considerar de mejor manera las complejas dinámicas que también son parte de los procesos de producción de alimentos.

Enmarcada por los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el Patrimonio Agrícola Mundial, la consideración de la multifuncionalidad de los procesos productivos sostenibles dentro de los países, puede ser la clave para mejorar rendimientos sin alterar de manera irreparable nuestro medio ambiente.

Para ello, sin embargo, creemos que no solo debe ser analizado el trabajo y responsabilidad del productor sino también la del consumidor final.

En las últimas décadas muchos de los componentes de los sistemas alimentarios se han concentrado en hacer que el producto final sea comercialmente atractivo para su venta o consumo.

Desde nuestro punto de vista, la forma en que hemos crecido como sociedad, indistintamente si vivimos en los países del Norte o del Sur, nos ha alejado de la visión del producto como resultado de un proceso de inversión de recursos que además puede ser muy largo, y del responsable directo, el productor.

Dentro del funcionamiento de los sistemas alimentarios y a pesar del apoyo que brindan etiquetados como “fair trade” u otros para productos orgánicos, aún se toma el rol del consumidor como el predominante y aquel con el mayor poder de decisión sobre el producto.

Para ser justos, creemos que los sistemas ancestrales, así como otros que reconocen el valor del productor y del medio ambiente deberían ser mejor apoyados y promocionados.

Estos sistemas no solo son un componente importante en favor de la igualdad, sino que constituyen una base para innovaciones tecnológicas en el futuro agrícola de América Latina, que además puede ser replicado en otras regiones.

Hoy en día es posible una mayor inserción de productos provenientes de los sistemas ancestrales en las cadenas de producción agroalimentarias locales. Los diferentes actores involucrados deberían entonces mejorar la comunicación con aquellas pequeñas y medianas empresas de América Latina, que ya apuestan por esa producción y contribuyen así al reconocimiento de lo producido con componentes ancestrales. Es posible además utilizar la base de las redes comerciales en nuestras economías emergentes para facilitar el acceso al mercado chino.

En síntesis, creemos que América Latina necesita insertarse en cadenas de valor holísticas y sostenibles, y así salir del esquema fijo enfocado principalmente en proveer materias primas o “commodities” agrícolas a gran escala.

Apostar a potenciar la agricultura ancestral en la región como parte de una estrategia sostenible e inclusivo no solo es eficiente y responsable, sino que demuestra la importancia de la estrecha relación pasada, presente y futura de nosotros mismos con nuestro territorio y cultura.

China, por su parte, con once sitios declarados como SIPAM (entre otros, los sistemas de cultivo de té de jazmín en Fuzhou, los viñedos de Xuanhua, el cultivo tradicional de Torreya en Kuajishan, o el sistema agrícola flotante de Xinghua Duotian) podría contribuir con su extensa experiencia a favorecer este cambio sostenible en América Latina.

 

Por Patrice dos Santos y Enrique Fernández Flores, ambos pertenecientes a a Red CAE (China y América Latina).

Patrice dos Santos es Economista y especialista en políticas públicas de innovación y desarrollo territorial en Lisboa en Portugal, con enfoque en la península Ibérica y América Latina.

Enrique Fernández Flores es Licenciado en Economía Agrícola y Doctor (c) en innovación y Seguridad Nutricional de la Universidad Humboldt en Alemania. Tiene estudios de Biología y Gestión de Negocios Agrícolas en la Universidad Agraria La Molina en Perú.

 

 

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