¿Cómo vive un ciudadano chino en Argentina?

Las cifras de la inmigración china en Argentina no son precisas, aunque se sabe que es la cuarta más grande de nuestro país, la única entre ellas que no proviene de un estado limítrofe.

El embajador de la República Popular China en Buenos Aires, Yang Wanming, habló en 2016 de 180.000 inmigrantes. Y estimaciones más recientes la cifran en 200.000 personas.

Comparadas con esos datos, las cifras oficiales son ridículas: por ejemplo, el último Censo nacional, de 2010, anotó casi 9.000 personas nacidas en la RPCh y casi 3.000 en Taiwán.

Y según la Dirección Nacional de Migraciones, entre 2004 y 2012 se otorgaron 28.918 permisos de radicación a ciudadanos chinos. En 2017 se actualizó la cifra con datos a 2015, pero no cambió mucho ese número.

Suma complicación el hecho de que los miembros de la comunidad no llegan y se establecen para siempre, sino que hay permanentemente un flujo y reflujo de personas entre China y Argentina.

¿De dónde provienen los chinos que llegan al Río de la Plata?,  una investigación en curso de la Universidad Nacional de San Martín, cuyo equipo conduce Alejandro Grimson e integran Luciana Denardi y Gustavo Ng, estableció como principales lugares de origen a Jiangxi, Xinhua, Guangxi, Anhui, Guangdong, Wenzhou, Zhejiang, Shanghai y, en particular, la provincia de Fujian, en especial de sus municipios Fuzhou, Pingtan, Fuqing, Lianjiang y Minqing.

Si hasta la década de 1980 y 1990 predominaba la inmigración taiwanesa, desde entonces es mayoría la de RPCh y, en particular, la de Fujian, que queda en el sudeste chino, de cara al mar y justamente a la isla de Formosa, o Taiwán. 

Antes de la década de 1970, la llega de chinos era muy escasa; el país carecía de un fundamento de migrantes chinos de dimensión y larga data, como en el caso de México, Cuba, Perú o Estados Unidos. En esos países pesa una historia complicada: la de los coolíes que llegaron en el siglo XIX para trabajos semiesclavos.

Otra singularidad argentina puede ser decisiva en la forma que acabará tomando la integración. El término “comunidad” es poco preciso para nombrar al conjunto de inmigrantes chinos en Argentina, en parte porque si bien se asentaron en bloque en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y región metropolitana (aunque cada vez más crecieron en ciudades de varias provincias), no se han concentrado en una zona de la metrópolis, sino que se dispersaron extendidamente en el amplio conglomerado urbano.

Buenos Aires tiene su “barrio chino”, pero sin un perfil de ghetto, ni es residencial como en otras ciudades del mundo, sino que consiste en unas pocas cuadras en que se suceden restaurantes, bazares y supermercados de productos chinos, pero donde no viven chinos. Una razón es que la principal actividad que desarrollan es el supermercadismo. No hay habitante de la metrópolis que no tenga un “súper chino” a menos de 300 metros de su casa.

Este movimiento de logística extraordinaria creó un patrón de establecimiento geográfico de alta dispersión. Otras actividades típicas de los inmigrantes (restaurantes, rotiserías, lavaderos de ropa) comparten la misma característica de desagregación.

La mayor proximidad se registra en el plano laboral, entre los comerciantes del “barrio chino” y los importadores establecidos en el barrio porteño de Once.

Resulta una paradoja desafiante explicar cómo vive territorialmente desintegrada una población cuya idiosincrasia tiene entre los pilares de su vida social, la comunidad.

Entre las formas que encuentran los chinos para sorber y protagonizar la vida comunitaria en Argentina se pueden mencionar las iglesias (como las iglesias presbiterianas Taiwanesa Argentina o la Sin Heng), las fiestas y celebraciones (del Año Nuevo o Fiesta de la Primavera –acaso el festival con mayor audiencia de Buenos Aires-, el día del festival de la Barca del Dragón, el día de Mitad de Otoño, el Día Nacional y otros), las revistas en chino (“Infomundo”, “Nuevo Continente” y “Horizonte Chino”, el portal “argchina.com” y otros) y las escuelas de idioma chino, como las que ofrecen la Asociación Cultural Chino Argentino o el Instituto Superior de Intérpretes de Idioma Chino.

Otra vía de articulación fueron las organizaciones no gubernamentales. Salvo en el caso de las cámaras de supermercadistas, las asociaciones de inmigrantes chinos han tenido poca o nula visibilidad para la sociedad argentina. En la investigación mencionada de la UNSAM, en 2014 se relevaron 65 organizaciones.

Las religiosas (22%), económicas (25%) y de residentes (35%) son las más numerosas. El 6% corresponde a organizaciones culturales, otro 6% son asociaciones dedicadas al trabajo con la comunidad y 5% de educativas. Las asociaciones de residentes, si bien nuclean a los migrantes según su región, son organizaciones en las que convergen actividades económicas, culturales y sociales.

Decíamos al principio de esta columna de opinión, que el censo diferencia a chinos de taiwaneses, asumiendo un cuadro de situación que los segundos han enarbolado como una cuestión de existencia política y los segundos la ignoran, desde que consideran a Taiwán parte de China.

Para el sentido común argentino, cuyo colectivo “chino” puede incluir a japoneses, coreanos y personas del sudeste asiático, la diferenciación le resulta ajena, tanto como lo es para los chinos continentales que han arribado a la Argentina. Por otra parte, en los años que los taiwaneses han estado en nuestro país, las relaciones entre la isla y el continente han ido perdiendo grados de confrontación, lo que ha repercutido entre los taiwaneses argentinos, especialmente en las generaciones más jóvenes.

En cuanto al modo en que el aporte chino contribuya a la argentinidad, es aún difícil de avizorar.

La comunidad es una de las instancias en que los argentinos acceden a China. Desde la década de 1980 viene dejando algunas marcas: el recientemente modelado Barrio Chino, en su entrada el portentoso Arco, los bazares y restaurantes, la portentosa fiesta de Año Nuevo en las Barrancas de Belgrano, junto al Barrio Chino y sobre todo, los supermercados barriales, que carecen casi por completo de propuesta visual relacionada con la cultura china, salvo algunos que muestran sinogramas perdidos en el cartel del frente y una exigua decoración oriental.

Pero es importante la segunda generación de chinos que ya se va situando en posiciones fecundas y comienzan a influir en la sociedad argentina, desde Ignacio Huang, actor de la célebre película “Un cuento chino”, hasta la cantante Haien Qiu pasando por cineastas, escritores, periodistas, modistas, contadores, empresarios o hasta una psicoanalista como Teresa Yuan, que ha desplegado una descomunal épica en su esfuerzo por introducir sus saberes en China.

También hay un legislador porteño (el primero de origen chino en toda Latinoamérica con ese cargo), Fernando Yuan, diputado por el PRO en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Mientras, los supermercados y las personas chinas, con su fisonomía inconfundible, son la más difundida marca de China en Argentina.

 

Gustavo Ng y Néstor Restivo son Directores Periodísticos de la revista “Dang Dai” y del portal www.dangdai.com.ar, son integrantes del Grupo de Trabajo sobre China en el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y autores entre otros trabajos de: “Todo lo que necesitás saber sobre China” (Editorial Paidós, Buenos Aires, 2015). Esta columna forma parte de la asociación entre Asia Link y la Red China y América Latina.

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