Cooperación Sur-Sur: la inserción de China en América Latina

Si bien la cooperación internacional al desarrollo ha sido vista tradicionalmente como un instrumento coercitivo con el que cuentan aquellos países con un mejor posicionamiento político y mayores capacidades económicas en el sistema internacional sobre otros, esta práctica también se ha sustentado alrededor de un discurso moral sobre la obligación de ayudar a los más rezagados a superar su situación de subdesarrollo, siendo la ayuda oficial al desarrollo, la asistencia técnica, la cooperación económica y comercial los mecanismos más replicados, incluso entre los países del Sur.

Frente a estos últimos, sus relaciones han tendido a transformarse de manera paulatina debido a los cambios del sistema internacional de la post Guerra Fría, del cual el sistema de cooperación al desarrollo no ha sido la excepción, pues desde diversos marcos institucionales de carácter internacional, se empieza a cuestionar la eficacia de la cooperación como instrumento para el desarrollo, un discurso que también es secundado y adoptado por los países en desarrollo para fortalecer mecanismos alternativos de cooperación al desarrollo como la cooperación Sur-Sur o la cooperación triangular.

En este contexto, la primera década del siglo XXI fue el escenario de la conformación de importantes acuerdos en materia de cooperación que derivaron en las dos agendas para el desarrollo más ambiciosas hasta ahora establecidas, la de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (2000 – 2015) y la de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (2015-2030).

Ambas agendas establecieron una hoja de ruta encaminada a luchar contra la pobreza y mejorar el bienestar de los individuos, en especial de aquellos proveniente de los países menos avanzados.

Asimismo, a comienzos del nuevo milenio se han generado importantes oportunidades en términos económicos y comerciales para un grupo de países en diversas regiones del mundo, cuyo auge o crecimiento económico plantea nuevos retos en materia de cooperación y de desarrollo que ha favorecido el rol de nuevos agentes para el desarrollo provenientes del Sur global.

Sin duda uno de los protagonistas indiscutibles dentro de este grupo de países ha sido la República Popular China, la que ha venido actuando más allá de su propia área de influencia, aprovechando la coyuntura tras la crisis financiera de 2008 para expandir sus vínculos económicos y comerciales hacia otras regiones que, de una u otra forma empezaron a ser abandonadas por los cooperantes tradicionales, brindándole al gobierno del Presidente Xi Jinping una ventana de oportunidad para fortalecer su liderazgo en materia de cooperación al desarrollo, en cuyo discurso sobre la cooperación Sur-Sur encajan sus principios de coexistencia pacífica, respeto, igualdad y beneficio mutuo (win-win).

Con base a dicho interés, en abril de 2018 se crea la Agencia China de Cooperación para el Desarrollo, un hecho que pone en evidencia el creciente interés que tiene la cooperación al desarrollo para el gigante asiático. Dicha agencia, es la encargada de establecer las directrices nacionales en materia de cooperación al desarrollo de una manera más directa, en la que también prevalecen las posiciones de continuidad frente a las estrategias, que al menos en el caso de América Latina se han puesto en marcha.

La región por lo tanto se convierte en una zona de interés para China, con la cual en los últimos diez años ha buscado consolidar mecanismos políticos para el fortalecimiento de la cooperación Sur-Sur, en la que adicionalmente se fortalezcan otras vías para el comercio. El primero fue el Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe (Libro Banco de 2008 y 2016) y el Plan de Cooperación de los Estados Latinoamericanos y Caribeños-China (2015-2019) por medio del Foro China-CELAC.

Tal como señaló el vicepresidente chino Hu Chunhua, durante la Segunda Conferencia de Naciones Unidas para la cooperación Sur-Sur celebrada en Argentina en marzo de 2019, el gobierno chino tiene como propósito mejorar la capacitación, educación y lucha contra el cambio climático entre los países del Sur global y así mismo, a través de la Agencia China de Cooperación para el Desarrollo el gobierno busca incentivar la “Nueva ruta de la seda” como una prioridad.

Por lo cual, los países latinoamericanos necesitan alcanzar mayores consensos sobre qué tipo de cooperación desean entablar con el gobierno chino en materia de desarrollo, pero no de manera bilateral sino como región, una estrategia que les permita definir o al menos delinear, algunos objetivos que se encaminen a lograr una mejor posición para aprovechar tanto los recursos como el conocimiento y desarrollo tecnológico que China tiene y quiere ofrecerle a la región.

Por tanto se presenta una amplia gama de oportunidades para estrechar los vínculos con América Latina, y en este escenario los países latinoamericanos deberán buscar aprovechar con miras a la consecución de objetivos comunes, porque de lo contrario la región podría perder la opción de contar con mayores recursos para mejorar uno de sus factores de integración más débiles: la infraestructura y el desarrollo tecnológico, ambos campos muy relevantes dentro de la agenda de diversificación y cooperación china.

De no encontrarse consensos, China continuará estableciendo acuerdos de cooperación de manera selectiva con aquellos países que representen mayor interés.

 

Paula Ruiz-Camacho es Docente e Investigadora asociada al Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE) de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia. 

Esta columna es fruto de un convenio de colaboración entre Asia Link y la Red Chile y América Latina.

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