El avance de China en América Latina: ¿Síndrome Hambantota?

En la actualidad, el mundo que emerge tiene la singularidad de que la nueva superpotencia, China continental, está incentivando el acercamiento a ella de numerosos países con grandes necesidades. Procura establecerse como un magneto, como un punto focal, dispuesto a establecer relaciones de todo tipo. Inversiones, intercambio comercial, créditos, cooperación al desarrollo bajo el ofrecimiento de “amistad desinteresada.” Surge entonces la duda razonable, si aquello es posible, una duda que crece aún más si miramos el ascenso del imperio celestial desde América Latina. Las necesidades de los países de la región no sólo son inmensas en cuanto a variedad, también lo son en profundidad. En el contexto de una relación asimétrica, las únicas contraprestaciones reales que puede ofrecer la región son sus recursos naturales; además de algunas posiciones geopolíticas de valor para China.

Una serie de episodios, con fuerza para convertirse en hitos, han ocurrido durante el presente año 2020 en la relación entre China y los países latinoamericanos, las cuales invitan a preguntarse si este acercamiento merece ser examinado no sólo con detención, sino con una buena dosis de análisis critico y escepticismo. El primero de ellos es la flota de pesqueros ilegales chinos -cifrado en aproximadamente 300- que ha estado depredando el entorno de las islas Galápagos en Ecuador a mediados de años y que posteriormente se dirigió hacia los mares del sur, es decir hacia las zonas económicas exclusivas de Perú, Chile y Argentina. Su objetivo, saquear la enorme reserva ictiológica, especialmente de calamares.

Este episodio deja al descubierto los métodos extractivistas -a gran escala- en áreas específicas y violando las restricciones del Derecho Internacional para operar en aguas territoriales como características primordiales de este acercamiento de China con América Latina. A ello se suman prácticas laborales ilegales a bordo de estas naves, donde el grueso de sus tripulantes son ciudadanos de países asiáticos o africanos, sometidos a tratos degradantes similares a la esclavitud. La prensa de los países circundantes ha referido notas sobre desnutrición, escaso acceso al agua potable, pagas inexistentes e incluso torturas físicas.

Otros episodios también tienen que ver con el comportamiento depredador de China en explotaciones mineras y agrícolas de América Latina. Está germinando, por ende, un sentimiento ambivalente respecto a la iniciativa de la Franja y a Ruta (One Belt, One Road), y en general a cualquier acercamiento con China.

Este escepticismo resulta un buen aliciente para examinar brevemente el ejemplo de Hambantota, una ciudad de Sri Lanka. Se trata de un proyecto que se remonta al año 2007, cuando, tras acercamientos sucesivos, China convenció a las autoridades de Sri Lanka de la “necesidad” de crear un polo portuario en aquella ciudad. Habría créditos, know how y asistencia al desarrollo para la reconversión de pescadores, todo a raudales. India y Estados Unidos trataron en vano de persuadir a los políticos cingaleses, ya que la capital, Colombo, disponía en ese entonces de un puerto con capacidad ociosa y, además, posibilidades de ampliación en caso de necesidad. Sin embargo, los US$ 307 millones de dólares de crédito y la oferta de que la estatal China Harbour Engineering (CHE) podía hacerse cargo de las obras en su totalidad, terminó sellando un acuerdo bilateral. Algunos sostienen que la imposibilidad de reconstruir las secuelas del grave terremoto de 2004, ayudó a las autoridades de Sri Lanka a aceptar el abrazo del dragón.

La China Harbour Engineering (CHE) construyó en los meses siguientes un puerto razonablemente moderno. Empero, diversos estudios indican que, pese a la rápida construcción, el interés de las grandes navieras ni siquiera asomó. Únicamente 34 barcos atracaron ahí en 2012, mientras que 3.667 lo siguieron haciendo en Colombo. La tendencia se mantuvo idéntica en los años siguientes. Ante unas previsiones incumplidas, el gobierno de Sri Lanka creyó necesario modernizar aún más y ampliar Hambantota. Decidió además que era necesario construir allí un nuevo aeropuerto y mejorar las conexiones viales. China se ofreció nuevamente como financista y entregó US$ 750 millones de dólares adicionales, con una tasa de interés algo más elevada que el crédito inicial. Por desgracia para los cingaleses, pese a los ajustes, innovaciones y nuevas conexiones, el puerto de Hambantota siguió estando a la zaga de Colombo, observando movimientos más bien marginales. Ante eso, China volvió a la carga e hizo una sugerencia de mayor calibre, quedarse definitivamente con el puerto. El gobierno aceptó y recibió US$ mil 100 millones de dólares en recursos frescos en una operación poco clara. No quedó escrito el nuevo status del puerto, como tampoco que la deuda haya sido canjeada. Es factible suponer que los recursos se evaporaron por laberintos de la burocracia y la corrupción. Los operadores chinos del puerto, en tanto, pasaron a actuar con lógica de extra-territorialidad.

Adicionalmente 60 kms2 alrededor de las instalaciones portuarias pasaron a ser controlados por otras empresas estatales chinas. Como señal “asociativa” hacia el país en general, empresas chinas construyeron el nuevo distrito comercial de la capital, incluyendo la torre Lotus, símbolo del skyline de Colombo. Diversos medios de prensa se han hecho eco de la forma poco transparente de las adjudicaciones de estas y numerosas otras obras en todo el antiguo Ceilán. También se hicieron audibles denuncias sobre financiamiento del lobby empresarial chino de la campaña presidencial de Mahinda Rajapaksa, el hombre que aparece detrás de este acercamiento tan singular. Lidera una poderosa familia originaria, casualmente, de Hambantota. Y, para que no cupiese duda de su “amistad desinteresada”, China tomó la poco sutil decisión de bautizar las principales instalaciones con nombres de integrantes del clan Rajapaksa.

Es un tipo de acercamiento tejido como telaraña y susceptible de denominar como síndrome de Hambantota. Es la búsqueda de una relación asimétrica basada en las necesidades apremiantes y de largo plazo de la contraparte. Bajo tal premisa, bien podría sostenerse que esta relación asimétrica termine convirtiendo a Hambantota en un nuevo Djibuti, la gran base china en el extranjero. Como se sabe, se trata de un antiguo protectorado francés donde apenas un millón de personas habitan un territorio árido, de poco más de 20 mil kms2, ubicado en una posición geopolítica absolutamente privilegiada de cara al océano Indico. Esas características, más una pobreza paupérrima, fueron aprovechadas por Pekín para convenir una relación de dependencia a largo plazo. Fue allí donde estableció en 2017 su primera base militar en el extranjero. Desde ese año, sus marinos y aviadores utilizan a Djibuti para ejercicios de guerra con cazabombarderos, destructores y misiles. Djibuti sintetiza un peculiar mecanismo mixto, compuesto por multilateralismo, bilateralismo y una nueva diplomacia de lobos guerreros utilizado por la China de Xi Jinping para penetrar en el resto del mundo. Es un híbrido capaz de combinar ingeniosamente inversiones en infraestructura con préstamos en condiciones tan generosas, que hasta los más estoicos terminan rendidos. Es el llamado modelo Shekou, el verdadero núcleo de la iniciativa de la Franja y la Seda.

Ante ello, cabe preguntarse, ¿cómo avanza China en América Latina y cuales serán las consecuencias?. Resulta sumamente complejo responder esto, especialmente desde América Latina, ya que como bien observaba Octavio Paz, no se sabe muy bien si los latinoamericanos pertenecemos o no a Occidente. Solía preferir la expresión Occidente excéntrico (es decir fuera de su centro) para referirse a esta parte del hemisferio, tan anárquica, violenta, arisca, pero con indudables trazos liberales. Por lo mismo, surge una gran duda con respecto a cuán inocua será la irrupción china. El acercamiento bajo la lógica del síndrome Hambantota podría presagiar una pérfida constelación. La ausencia de tradiciones democráticas en China, sumado a la fragilidad de los sistemas democráticos latinoamericanos y la ubicación más bien en la periferia de los valores liberales occidentales, pueden alimentar un ambiente ideal para fórmulas de modelo político inspiradas en el Reino del Medio. Por añadidura, en América Latina, el recuerdo atávico más poderoso no es la falta de libertad, sino la pobreza. Ello explica la receptividad a las inversiones de China.

Por una parte algunos especialistas sostienen que es prematuro asumir estas lógicas. Sin embargo, por otra parte numerosas son las señales que indican que el camino ya empezó a ser pavimentado y es cosa de tiempo. En esta línea, algunos ejemplos concretos. Son muy sugerentes los avances sobre el apremiado gobierno de Argentina. Por eso, la idea que la administración K lleve a su país a convertirse en el gran eslabón estratégico de la penetración de China en América Latina es más que una simple conjetura. Dichos avances son mega-proyectos concretos y millonarios (en curso y agendados). Y son sugerentes porque no se observan grandes diferencias, ni en montos, ni en procedimientos, con aquellos impulsados por los lobos-guerreros de Xi Jinping en África. Son proyectos perfectamente homologables a todos los componentes del modelo Shekou.

Veamos algunos ejemplos. El primero de todos es la Base Espacial en Neuquén, bajo administración militar y cuyas misteriosas actividades siembran razonables dudas. Luego, hay otros, en fase de negociación, cuya lógica de cluster recuerda indefectiblemente a Djibuti. Por ejemplo, la línea férrea de 650 kms. de extensión que unirá la localidad de Añelo, donde se ubica el colosal yacimiento de gas y petróleo Vaca Muerta, con el Puerto Ingeniero White en el Atlántico. Entregada a PowerChina, la obra ferroviaria costará más de US$ mil millones de dólares y será vital para llevar esa riqueza energética argentina hacia centros industriales chinos. De manera anexa a esa enorme obra, una subsidiaria de PowerChina, la SinoHydro, construirá una central hidroeléctrica en Malargüe, también de dimensiones importantes, por otros US$ mil millones de dólares. Con esto, más las múltiples otras obras “menores” ya en funcionamiento, PowerChina podría ser pronto el mayor inversionista extranjero en Argentina.

Otro emblema es el acuerdo de producción porcina con Argentina, que prevé la construcción de gigantescas granjas a instalarse próximamente en varias provincias. Pekín, que perdió hace algunos años gran parte de su stock de cerdos producto de la fiebre porcina, invertirá en esas granjas US$ 4 mil millones de dólares, para asegurar el forraje para los 6 millones de cerdos anuales a ser enviados a China. Y desde luego, fábricas de faenamiento, de mantención del frío y de empaque. Además de necesarias plantas procesadoras de agua. Las advertencias de Greenpeace y otras ONGs ecologistas sobre las nocivas consecuencias para el medioambiente hasta ahora son ignoradas, es demasiado lo que está en juego. Además, hay un tercer mega-proyecto chino en Argentina, se trata de su cuarta central nuclear. Como se sabe, el país ya dispone de tres (Atucha I, Atucha II y Embalse). También se sabe del intento fallido de Cristina Fernández con Xi Jinping en su primer gobierno, dado que chocó con la fuerte oposición de los científicos argentinos. Y es que las tres centrales en funcionamiento utilizan una tecnología doméstica, denominada Candu, con uranio natural como combustible, del cual Argentina dispone a raudales. Sin embargo, China pone una condición sine qua non, el involucramiento sólo es posible si se utiliza la tecnología Hualong, la cual requiere uranio enriquecido, a ser adquirido en China, además puso sobre la mesa un crédito de US$ 8 mil millones de dólares.

También hay proyectos de envergadura algo menor, pero posados sobre puntos estratégicos. Por ejemplo, la Shanghai Dredging operará la ruta Paraná-Paraguay de más de 1200 kms. (vital para el gobierno, pues Argentina ya prácticamente no dispone de barcos mercantes para operaciones domésticas). Además, China aseguró el aumento del swap a US$ 18 mil millones de dólares con lo cual el gobierno argentino recibió algo de oxígeno monetario. La mano amiga de Xi también se dejó ver en momentos de pandemia y la prensa informó de la llegada de 36 vuelos y 4 buques con material sanitario. En passant, se ha escrito algo sobre el apoyo político de China para que la misión del FMI, que estuvo esta semana en Buenos Aires renegociando más de 44 mil millones de deudas, se mostrase compasiva con los Fernández.

Es posible concluir cuatro cosas. Primero, que la iniciativa de la Franja y la Ruta es la gran máscara de una estrategia híbrida. Segundo, que uno de sus grandes pilares es el modelo Shekou. Tercero, que Pekín, bajo los influjos de Xi Jinping, busca casi por regla generar una relación asimétrica basada en la lógica del síndrome Hambantota. Y Cuarto, que lo que China busca en el país seleccionado es ir armando un complejo entramado de inversiones en estructura estratégica, bases militares, puertos multipropósito y zonas económicas especiales. La pregunta clave es, ¿cuánto falta para el ascenso de algún país latinoamericano al imperio celestial?.

 

Iván Witker es Doctor (Ph.D) en Comunicaciones en la Universidad Carlos IV de Praga, República Checa, Periodista de la Universidad de Chile, graduado del Center of Hemispheric Defense Studies – National Defense University, Washington DC. Investigador de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE) y Profesor de la Universidad Central.

Esta columna es fruto de una colaboración entre Asia Link y la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM). www.chinayamericalatina.com 

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