Presencia china en Djibouti: lecciones para Latinoamérica

China concluyó un acuerdo para establecer su primera base militar en Djibouti a fines de 2015. Se trata de una pequeña ex colonia francesa ubicada en el Cuerno de África, a la salida al Océano Índico.

Caracterizada oficialmente como una base de apoyo logístico de la Armada del Ejército Popular de Liberación (EPL), la decisión de crear esta base militar hace cuatro años continúa nutriendo las sospechas entre diversos países con intereses en la región (como Francia, Japón y los Estados Unidos, que tienen sus propios efectivos militares), sobre que China abriga intenciones hegemónicas.

La presencia china, tiene el potencial de representar una respuesta a largo plazo a las necesidades logísticas del EPL y, sí, posee ya la capacidad de responder a contingencias tales como la evacuación de nacionales chinos civiles (como las realizadas en Libia en 2011 y Yemen en 2015).

El presente y futuro de esta base involucra consideraciones tanto económicas como geopolíticas, y la presencia china ahí, es una pieza clave en el proyecto de su proyección regional y global.

La lógica geo-económica de la presencia china en Djibouti, ubicado a más de 12 mil kilómetros del puerto de Shanghái, incluye proteger diversos intereses conectados a través de las líneas marítimas de comunicación a lo largo del océano Índico, así como de sus propios intereses en la costa oriental de África, dos zonas íntimamente ligadas a la actual etapa de expansión de la Iniciativa de la Franja y la Ruta a seis años de su creación.

La lógica geopolítica de la presencia militar se basa principalmente en la aspiración de China de convertirse en una potencia marítima global con cada vez mayores responsabilidades para contribuir a la paz y la seguridad ante amenazas tradicionales y no tradicionales (como piratería y acciones terroristas), así como de servir como un garante de bienes públicos globales.

Entre las consideraciones geo-políticas que justifican una mayor presencia naval china en el Índico y en Djibouti, está el interés chino en coadyuvar a los procesos de paz israelí-palestino y afgano, la disputa entre sus socios petroleros Irán y Arabia Saudí, la protección de las vías de navegación de forma paralela a la que realiza la coalición occidental en aguas somalíes, la protección de nacionales chinos en Yemen, así como una mejor protección de sus cascos azules en el continente africano (Beijing tiene emplazadas tropas de paz en Sahara Occidental, Mali, Congo, Sudán y Sudán del Sur).

¿Es posible que China construya bases militares en Latinoamérica siguiendo el modelo de Djibouti?

La respuesta parece ser no, por el momento, porque las condiciones que dieron razón a la base en Djiboutí no están presentes todavía en la región.

El Teniente General He Lei aseguró en enero de 2019 que se requieren de dos condiciones: que la nueva base contribuya a una mejor misión china de cascos azules de la ONU y que el país anfitrión lo solicite y apruebe. La primera condición no se cumple ya que, de los casi 4.500 cascos azules de China, en la actualidad no hay ninguno emplazado en Latinoamérica (todos los efectivos están ubicados en misiones en Oriente Próximo y África), sin embargo, la primera vez que China participó en una operación de la ONU en el hemisferio occidental, fue enviando una formación de agentes de policía hacia Haití el 2004.

La presencia militar de China en el hemisferio, potenciada por la visita de oficiales militares latinoamericanos a Beijing en 2015, se centra en acuerdos de cooperación y apoyo logístico, visitas mutuas, venta de armas y donaciones de equipamiento.

Si bien Ecuador ofreció a China hace una década participar comercialmente en el puerto y base de Manta -rechazando la renovación de la presencia militar de Estados Unidos en esa base-, la actual administración ecuatoriana ha desincentivado la presencia militar china en su territorio.

De forma similar, en el puerto La Unión de El Salvador y en los extremos del Canal de Panamá, los intereses chinos todavía se mantienen en el ámbito puramente comercial, a pesar de las dudas expresadas por Estados Unidos de que el siguiente paso pudiera ser una presencia naval a futuro o que los conglomerados chinos puedan controlar el flujo bioceánico. 

Por el momento los intereses militares chinos en América Latina se han desarrollado notablemente en Argentina y en Venezuela.

En la estación de investigación espacial ubicada geoestratégicamente en la Patagonia argentina en Neuquén, China coordinó la misión del módulo de exploración Chang’e 4 en la cara oculta de la Luna en enero pasado. Ahí permanecen temores de que la estación, con una antena de 35 metros de diámetro, realice espionaje militar y que las actividades reales no sean de uso civil pacífico, además de estar fuera de la supervisión o control del gobierno argentino.

Mientras tanto, la presencia militar en Venezuela complementa la presencia rusa y cubana que, en apoyo al gobierno de Maduro, colabora con ejercicios conjuntos para mantener la seguridad en la frontera común con Colombia.

Pero las condiciones pueden cambiar radicalmente en los próximos años en el hemisferio.

La principal lección que deja para Latinoamérica la base militar en Djibouti es que una vez que los intereses económicos y geopolíticos chinos avanzan, se hace más plausible una presencia naval que garantice esos intereses.

En Latinoamérica, donde la presencia económica china está cobrando fuerza dentro del marco de la asociación con CELAC desde hace cuatro años, existe la posibilidad de que en un futuro cercano, tropas del EPL deban escoltar buques mercantes ante, eso sí, un ambiente de inestabilidad política en países costeros clave.

Pero esto no ha ocurrido hasta el momento, y el gobierno chino aspira a no enviar mensajes de aspiraciones hegemónicas en América Latina y el Caribe, región históricamente bajo la esfera de influencia estadounidense.

En momentos en que la región latinoamericana no es todavía central en la iniciativa de la Franja y la Ruta, y en que diversos actores latinoamericanos claves, como Brasil y México, mantienen escepticismo ante una mayor presencia china y siguen manteniendo su deferencia estratégica con Washington, Beijing tiene todavía un largo camino por recorrer en la geopolítica de América Latina y el Caribe.

 

Ulises Granados es Coordinador del Programa de Estudios Asia Pacífico del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).

Esta columna es fruto de un convenio de colaboración entre Asia Link y  Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM). www.chinayamericalatina.com

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