La carne uruguaya llega a Japón

Martes, 04/12/2018
El Observador

Exportar al asombroso país en el que hay cada vez menos personas y más robots, un nuevo galardón para la ganadería uruguaya.

Finalmente, tras 18 años de ausencia por aftosa, Uruguay vuelve a quedar habilitado para exportar carne refrigerada hacia Japón, el país más exigente del mundo en cuanto a los estándares de calidad necesarios para ingresar a su territorio.

Para aquellos que no hemos perdido la esperanza de que Uruguay encuentre el camino al desarrollo a través de valorizar los productos de su tierra, es un aliciente. Claro que llega en la misma semana en la que la defunción de Pili algo que debería indignarnos a todos y que rearma lo frágil de nuestra oportunidad. 

Pero si este siglo representa una ventana de oportunidad para Uruguay, si el prestigio que hemos ganado y la avidez por proteínas de Asia es una gran vía de crecimiento, la llegada de los primeros contenedores con el producto más emblemático que genera el país será una señal estimulante para empezar el 2019.

Que será además un año en el que Uruguay disputará el Mundial de Rugby, justamente en Japón: Deporte, imagen país y exportación nuevamente entrelazados.

La carne clasica. Para competir en las góndolas del país más sosticado en muchos aspectos del mercado mundial de alimentos y en particular en carnes donde los nipones, desde el atún o el pez luna a los vacunos Wagyu, son capaces de llevar la sofisticación (y el precio del producto) a niveles inigualables.

Un mercado peculiar porque en muchos aspectos es un país tan futurista que parece anticipar lo que seguirá pasando en los países desarrollados y a partir de 2100 pasará con la población mundial. Tras seguir subiendo de los 7.500 millones actuales a los 10.000 millones, debería empezar a bajar en el siglo XXII.

En Japón eso ya sucede. Si no abren la inmigración la población bajará a la mitad al final de este siglo: de 126 millones en el presente a tan solo 60 millones en 2100. Y no por un problema de salud, todo lo contrario.

El desarrollo de Japón está en el podio de los países con mejor esperanza de vida del planeta, casi 85 años de promedio. 

Lidera en longevidad, pero también en tener solo 1,4 hijos por mujer, el país de mayor edad promedio en el mundo, con más de 25% de la población que supera los 60 años. Se supone que a la población mundial le sucederá lo que hoy ya le sucede a Japón: para 2030 la población humana de más de 60 años superará por primera vez a la de menos de 10 años, (1.400 millones/1.300 millones), mientras que para el 2050, la población de más de 60 años superará a la de jóvenes de 10 a 24 años (2.100/2.000 millones).

A partir de 2.100 la población mundial empezaría a caer por una muy baja natalidad, lo que ya sucede en la isla. En Japón la población de más de 60 años es 27%, mientras la de 0 a 14 es la mitad, 13% del total. La cantidad de menores de 14 años cayó el año pasado por 37º año consecutivo en 2017  y la proporción de menores de 14 años en la población bajó por 44 vez consecutiva.

Por primera vez el año pasado nació menos de un millón de niños.

Los japoneses tuvieron su explosión demográca a partir de 1615 cuando  tras largas guerras civiles llegó la paz, la prosperidad y las papas de América que llevaron a la agricultura a un complemento del arroz con riego en el que son maestros milenarios. Pero en ese período también predominó una política de fuerte aislamiento que prohibía a los japoneses salir del país o a extranjeros ingresar y que limitó fuertemente las importaciones incluso de alimentos que no fueran azúcar, cueros, y unos pocos productos más.

El crecimiento poblacional trajo como consecuencia la deforestación ya que las casas se construyeron predominantemente de madera. La madera se usaba además ampliamente para cocinar y calefaccionar. 

Pero cuando el área forestada empezó a bajar fueron los japoneses de los primeros en el mundo en considerar que los bosques podían ser una forma de agricultura y no meramente una riqueza a extraer como si se tratase de minería. El vanguardismo viene cimentado en una historia de gestión ambiental ejemplar. Los japoneses se las han arreglado siempre para sostener altas densidades de población en un territorio con poca tierra arable, muy montañoso, y que debió sostener su población con base en el 20% de territorio constituido por valles.

Bajará su población de humanos, pero aumenta aceleradamente la de robots no solo para tareas fabriles: entre otras cosas, para asistir a los veteranos, ayudarlos a hacer gimnasia y resolverles todas las dicultades que les acarree la vida cotidiana.

Pero también en la producción industrial. Japón tiene una tasa de tres robots por cada 100 trabajadores, y exporta US$ 1.600 millones al año en robots y accesorios. Superado por Corea del Sur que ya tiene 6 robots por cada 100 trabajadores, Singapur con 5 y parejo con Alemania que también tiene tres robots por cada 100 operarios humanos según un reciente informe del Fondo Monetario Internacional. 

Un país que tiene entre sus secretos cómo superar adversidades impactantes, desde bombas a tsunamis con desastres nucleares en 2011. 

Al igual que Finlandia es un país que tiene como pilar histórico de su desarrollo el saber aprovechar su flora nativa, en particular sus bosques, con los que ha dedicado
durante cientos de años.

Al igual que Finlandia han hecho inversiones fuertes en el país, en la industria frigoríca en este caso. Claro, les resulta incomprensible que haya un ausentismo tan elevado
entre los trabajadores de aquí, pero resisten. Tras 18 años Uruguay retoma el camino comercial con Japón seguramente con una competencia durísima desde Oceanía, donde hay un alineamiento más claro entre productores y Estado, una estabilidad macroeconómica mayor y menores aranceles a pagar. 

Comerciar es una manera de poner en marcha un proceso de diálogo entre civilizaciones y seguro que entre los orientales de allá y los orientales de acá tenemos mucho en lo que interactuar.

Tal vez comiendo un asado Wagyu y compartiendo un buen arroz y disfrutando de las similitudes y diferencias entre los productos de allá y de aquí. Comerciar es intercambiar y aprender el uno del otro. Tratar de aprender nosotros de su forestación, de su desarrollo pesquero, de sus cultivos de arroz en terrazas, su budismo zen, mientras ellos tal vez puedan aprender algo de nuestra idiosincrasia, nuestros sabores, alegrías y nuestro culto a la amistad en torno a una parrilla humeante y un picadito improvisado en un potrero.

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